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Viernes, 8 de enero de 2016, Bolivia - Nacional
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Sabias alucinaciones

•  José Luis Bolívar Aparicio

Yo lo conocí una noche que estaba invitado a un matrimonio. En este pueblito oriental, caluroso al máximo y lleno de arcilla, los matrimonios, bautizos y cualquier tipo de acontecimiento social, era amenizado por lo que se conocía como conjunto, que sólo constaba de un organista y un vocalista, los cuales se sabían lo que estaba de moda y después lo que a uno se le antojara, claro con su módica propina de por medio. Algunas veces también los acompañaba un guitarrista pero eso era mucho lujo ya.

El vocalista de este conjunto en cuestión se llamaba Carlos, era un camba total, de uno setenta aproximadamente, delgado, blanco, bigote tupido, barba de tres días, camisa abierta hasta el ombligo para mostrar la pelambrera y obvio la cadena de oro de 14 quilates que lucía como si se tratara de un ganadero.

Era un guaperas, que además de ser simpaticón tenía una voz de charro mexicano y sabía cómo meterse a cualquier dama al bolsillo, aunque claro en un pueblo chico como ese, quien no hubiera caído en sus encantos o estaba muerta o simplemente no caería jamás.

La verdad lo vi pocas veces en afán de conquistador, pero si en algo calificaba con sobresaliente era en hacer amigos. Era un verdadero payaso y tenía una labia que se la envidiaría cualquier político, y una forma de entrarle a todo que le abría hasta las puertas más cerradas y lógicamente nunca se le negaba una silla en cualquier mesa. Es más, muchas veces era un honor tenerlo con uno compartiendo, pese a saber que Carlitos era un gorrón de primera pues como si fuera un principio de familia, jamás le conocí billetera alguna, ni contenido a sus bolsillos, de todos modos no me quejo porque con los buenos momentos que pasé a su lado, las cervezas invitadas fueron más bien una inversión en mi estado de ánimo, y si de paso se ponía a guitarrear, mis oídos y mi corazón se lo agradecían el doble.

Aun así esas no eran sus mejores dotes, Carlitos tenía uno que era incluso mejor que su gran sentido del humor y sus ocurrentes chistes, su facilidad para poner apodos, sus comparaciones que te hacían hincar de risa o su voz de tenor, su mejor potencial radicaba en su poder de convencimiento.

Así es, este caballero sabía perfectamente qué decir a la hora de convencerte de que el sol sale a media noche, que la luna es de queso y que Javier Solís era su abuelo.

No tenía límites, inventaba lo que sea, y cuando uno relataba alguna historia, de lo que fuere, tenía la habilidad de engancharse, y hasta de meterse en ella con una metodología increíble por su habilidad y rapidez, y no importaba quién la hubiera empezado, era él quien la terminaba siempre y metiéndonos a todos en ella de una forma que te hacia vivir lo que te contaba.

Tendría como máximo unos 30 años por entonces, pero para aquel momento de su vida y su corto transcurrir, ya había sido militar, policía, jugador de fútbol en el Brasil (casi seleccionado, no aceptó porque no quería traicionar a su patria), piloto, médico, abogado, arquitecto, empresario y por supuesto había cantado hasta con Julio Iglesias en una plaza. Uno podía comerse la perorata como una burla, pero la forma en que lo hacía, el convencimiento, la seguridad con la que contaba los pasajes con diversos personajes y paisaje, además el cómo enlazaba lugares, momentos, etapas de la vida de él y de otras personalidades o eventos universales, hacían de Carlitos una fuente inagotable de historias alucinantes que uno terminaba comprando y el resultado siempre era el mismo, diversión y surrealismo al extremo. Había mucha gente que no soportaba esas cosas, yo en cambio las disfrutaba, trataba de asistir a esos cuentos como si estuviera viendo una película, o una serie de televisión y me solazaba con su vertiginosa y acaudalada imaginación y no pocos conocimientos, porque si bien todo era una avalancha de mentiras, para mentir tan bien, hay que conocer, y esa fue una duda que nunca se la consulté y me quedé con esa intriga, pues él vivió la mayor parte de su vida en un pueblo pequeño, quizás ni era bachiller, terminó de comerciante y cantantucho en un pueblo pequeñito. ¿Dónde fue que adquirió tanto conocimiento?, ¿cómo hizo para ilustrarse de esa manera?, sabía tanto de tantos lugares y tanta gente. Era un depósito enorme de sorpresas e intrigas y como dije antes una persona maravillosa.

Pero como todo ser humano también tenía su lado oscuro, y yo se lo sospechaba pero no se lo logré arrancar jamás, tenía muchos problemas con la esposa, y lo que ganaba no le alcanzaba para vivir, seguramente era un vicio, sabía que consumía algo pero me parece que eran deudas de juego lo que, cuando los tragos ya hacían su efecto, lo deprimían y lloraba desconsoladamente, y aunque uno intentaba saber lo que pasaba se quedaba en silencio y prefería huir.

No logré nunca descifrar ese lado negro de su vida, y aunque le supongo una que otra cosa mala, yo me quedo con todo lo bueno que supe cosechar de una persona maravillosa que me alegró muchas noches de bohemia y me dejó muy gratos recuerdos.

Ahora conozco y a veces tengo que soportar y tolerar en radio, televisión o prensa a una persona que como mi amigo Carlitos sabe mucho, pero muchísimo, según él, más que cualquiera de nosotros tristes mortales que no tuvimos como él la fortuna, pero sobre todo el tiempo de leer los más de 25.000 libros que adornan su (como él mismo dice) humilde biblioteca.

Pero al igual que Carlitos, cuenta con una labia profunda, tremendamente inspirada, y lo mejor de todo es que sabe cómo hablar cuando él conoce con quién lo está haciendo, entonces empieza a discriminar auditorios, y si habla con los empresarios, se las charla, y su dote de matemático y teórico sale a brote inmediatamente en un tono elegante y diáfano, casi convincente, si está con los militares, es más bien cauteloso, mesurado, casi disciplinado, con los policías es fraterno pero con cierta autoridad y reclamo, cuando está dando una magistral charla política es su fuerte, es locuaz, memorioso, saca a relucir la amplia base de datos literaria que lo han munido de tanta sapiencia, dibuja olas de palabras que mezclan pasados y presentes que generan cuadros mentales comparativos en los que es imposible perderse, aunque hay que recalcar que cuando entra en esta suerte de tono compulsivo, suele recordar lo que le conviene y olvidar datos sumamente importantes que quizás desarmarían sus retóricas explicativas que tratan de hacer comprender por qué Bolivia existe recién desde el año 2005.

Pero al igual que mi amigo Carlitos este señor tiene muchos lados oscuros, y uno de ellos es cuando su auditorio es humilde, por lo general en el campo o el área rural, su tono es paternal, didáctico a un nivel básico, casi piadoso, y muchas veces baja tanto su nivel de parloteo que empieza a tejer en su blanca cabecita historietas de kínder que conociendo a los niños de hoy, seguramente lo mandarían por un tubo.

Me parece que la cantidad inmensa de conocimiento le juega una mala pasada a la hora de saber distinguir la realidad de la fantasía, porque a diferencia de mi amigo Carlitos que lo hacía divertido y agradable, cuando el ilustre sabio empieza a generar escenarios dignos de Dante, se vuelve ridículo y deja atisbar que algo no le funciona bien puesto que está comenzando a alucinar.

Menos mal que hasta sus humildes auditorios están más centrados que este caballero y seguro que cuando le escuchan sus catastróficas predicciones, se las deben de atribuir a la enorme cantidad de letras que han de estar rondando su constipada cabecita.



(*) Es paceño, stronguista y liberal

tags: La Patria, Noticias de Bolivia, Periodico, Diario, Newspaper, Sabias alucinaciones

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