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Lunes, 28 de julio de 2014, Bolivia - Nacional
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Pelando la cebolla

•  Por: Henry Pablo Ríos Alborta

Poco más de diez años han pasado desde el famoso e incomprendido "octubre negro", "masacre" o "guerra del gas". Basta con emplear, antes que aquellos sobrenombres, el denominativo de Octubre de 2003, empero Septiembre-Octubre de 2003 es, en realidad, el que más se acerca a la verdad.

¿A qué traer a cuento aquellos días aciagos? La respuesta es clara y contundente: hoy vivimos sus consecuencias.

Septiembre-Octubre de 2003 ha marcado un hito en la historia de Bolivia, en nuestro devenir como nación. Esos sucesos, que acaso nunca deploremos lo suficiente, engendrados merced a oscuras maquinaciones que algún día habrán de esclarecerse, en medio de los cuales resonaba, como patética premonición, las advertencias de la Iglesia Católica que, con afán digno de mejor resultado, imploraba a los sectores "políticos" del país a deponer actitudes radicales y suscribir el Reencuentro Nacional, para evitar días de sangre y dolor al pueblo de Bolivia.

La misma Iglesia había percibido la macabra sensación del derramamiento de sangre que, potencialmente, podía ocurrir en Bolivia. Su diligencia era denodada. Parecía sincero su acento. Entonces, los partidos "tradicionales" del país, aceptaron concurrir al Reencuentro. El MNR, acaso el único verdaderamente tradicional que quedaba a la sazón, había suscrito el documento.

Entonces hubo una negativa, siniestramente calificada por la Iglesia, esa negativa era la del Movimiento Al Socialismo (MAS) que, con su más notorio dirigente, entonces en la oposición, S. E. el Presidente Evo Morales, negóse rotundamente asistir al Reencuentro Nacional y a suscribir el documento correspondiente tan diligentemente auspiciado por los representantes de la más caracterizada institución religiosa del país. Aquél dirigente cocalero, junto a Felipe Quispe, protagonizaron los dos únicos rechazos a la cristiana interposición de sus buenos oficios que había hecho dicha Iglesia.

Los sucesos de "febrero negro", los fatídicos acontecimientos desatados con el motín policial y su consiguiente enfrentamiento a las Fuerzas Armadas de la Nación, acaecidos en el mismo año, no estaban muy lejos como para darse el lujo de rechazar un importantísimo intento de acercamiento entre los sectores directamente involucrados y de quienes dependía, en gran medida, la solución o la precipitación al desastre. Nada de esto fue suficiente para desarmar los espíritus fútilmente encrespados de quienes se arrogaban la representación del pueblo, con tintes paramilitares, al propiciar la erección del "Estado Mayor del Pueblo". El carácter subversivo de sus consignas parecía estar signado por el dolo.

Está aún por desvelarse la verdad de Septiembre-Octubre de 2003, el inicio de la agonía de un caro patrimonio que nos había sido legado por nuestros mayores: la nación boliviana o sea esa forma inmanente a nosotros de co-estar-en-el-mundo, de coexistir, de convivir ajustados a profundas normas de ética y moral, arraigadas en la tradición de nuestro ser nacional y en la circunspección en nuestras relaciones con nuestras semejantes naciones del mundo.

Está aún por establecerse la realidad o, por lo menos, acercarse un ápice a ella, en dichos sucesos que, también, marcan el inicio del desmedro, daños y perjuicios que se infieren a una institucionalidad política que hemos venido construyendo, con azares dignos de antología.

Hoy está visto: el espíritu no vale nada en Bolivia, para la generalidad según parece y para los gobernantes según está demostrado. La violación de la Constitución ‒bien supremo de las naciones‒, la negación de la palabra empeñada y de un acuerdo solemne no importa a quienes, precisamente en razón de sus situaciones, están llamados a preconizar estos valores.

El dinero hoy justifica todo. No importa asesinar a la nación, ni a sus gentes, si existe la vaga sensación de que llega el dinero en mayores proporciones que antes.

¡Oh señor dinero!, ¿por qué nos visitas así? Porque antes el precio del barril de petróleo WTI, mediante el cual se cotiza nuestro gas vendido al Brasil merced a un contrato de 1996, gas que se extrae desmesuradamente a la pobre Madre Tierra en San Alberto y Margarita, megacampos gasíferos, descubiertos en 1997 y 1998, bóvedas de dinero abundante, difícil de imaginar, que llegaron de la mano de la vilipendiada capitalización.

Antes ese barril cotizaba en 20 dólares, en el presente, durante el régimen plurinacional, llegó a 120 dólares y su promedio fue de 110, igualmente, USD. Los ingresos del país debían incrementarse, mínimamente, cinco veces. Más gracias a la China que al régimen, y esto es demostrable.

Aquí una reflexión final. Septiembre-Octubre de 2003 tenían una supuesta consigna vociferada por el MAS: "el gas no se vende". No obstante, lo primero que hizo ésta agrupación fue vender el gas y desmesuradamente. El Gobierno de Goni, antes que sobreviniera la muerte a consecuencia del caos que algún día hemos de aclarar y mostrar la verdad, comprometióse a revisar la ley de hidrocarburos que entonces regía, para que las petroleras incrementen sus tributos al Estado. El gas en beneficio de los bolivianos era una realidad. Miles y miles de conexiones gratuitas de gas domiciliario estaban en marcha en el país. Existía un grande plan para intensificarlas. Positivamente se había mejorado el ingreso económico de Bolivia en el sector precisamente de hidrocarburos, el IEHD (Impuesto Específico a los Hidrocarburos y sus Derivados), era una realidad que hacía pagar a las empresas "transnacionales", más de lo que ya cancelaban. Mediante la nueva ley de impuestos y sus decretos reglamentarios, se desarrollaba, con método y afán previsor, el engrandecimiento económico del país.

Las reservas de gas, grandes hasta la exageración, aguardaban un plan serio para ser explotadas. Se manejaba una buena posibilidad para exportarlo a EUA, ganando un mercado sin par en el mundo. No existía ni existió decisión alguna al respecto, ni siquiera para definir el puerto. Se desarrollaban conferencias positivas para explicar a la población pros y contras de su exportación por tal o cual país. Decisión, no existía. Hasta que, en jornadas negativas para la nación, sobrevino el caos, auspiciado por quienes, con la falsa bandera de la no venta del gas, apenas llegaron al Gobierno, lo vendieron como antes no se lo había hecho y esto constituye la aureola mil veces falsa de redentores económicos de Bolivia con que, derrochando el mismo dinero, hoy embaucan al pueblo.

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