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Domingo, 29 de julio de 2018, Cultural El Duende
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Mateo Falcone

•  * Vicente González-Aramayo


En el mundo todos los seres humanos somos iguales morfológica y fisiológicamente, pero no somos iguales en las situaciones de vida. La mayoría de la humanidad pugna por ejercer al menos los derechos de supervivencia, aunque no se vean eficientemente cristalizados, pese al avance de leyes, medidas y costumbres. La historia a la que me he de referir se encuentra entre la variedad de costumbres, tradiciones y vivencias de los habitantes de la isla de Córcega. Esta porción de tierra situada en el Mar Tirreno del Mediterráneo, cerca de la costa occidental de Italia, tiene una extensión de 8.680 Km2 y, al momento más de 200 mil almas. La isla fue motivo de controversia durante la edad media, tanto más por los reinos italianos: el Vaticano y Francia llamada Corsé. Nació en ella Bonaparte, lo que hizo exclamar en algún momento a sus detractores que "el emperador de Francia ni siquiera era francés".

Córcega gravitaba durante el siglo XIX aún como tierra aislada, con unos 15 mil habitantes, gran parte de ellos dedicados al cultivo de trigo, pastoreo, cría de ovinos, caprinos y vacunos para la producción de leche y queso. Producían también vegetales y frutas, especialmente cítricos. Las viviendas de la mayor parte de los habitantes eran sencillas, construidas de un solo cuarto para todos los menesteres, formando barrios de singular aspecto, tal como las describe Próspero Mérimee, autor de la novela "Mateo Falcone".

En la costa noreste, Porto Vecchio, era intensa la actividad del comercio y la pesca. Las jornadas de producción eran duras, casi siempre bajo el bochorno inclemente, con intervalos frescos por los vientos del Mediterráneo. Al caer la tarde, cuando cesaba la actividad, pescadores y comerciantes, labradores y ganaderos, portando sus instrumentos de trabajo y llevando sus linternas alumbradas con cera, regresaban a sus moradas, muchas veces canturreando alguna vieja canción. Al final del día, el sol como una adarga candente se sumergía en el mar, en medio de un velo naranja y rojo púrpura, pintando un hermoso crepúsculo.

La gente de esta isla era muy singular, dotada de una metafísica extraña, conservaba fanáticamente el sentido del honor y de estima personal, capaz de llegar al sacrificio. Sin tocar el lombrosianismo, podía pensarse en la naturaleza atávica de todo corso bien o mal nacido, porque parecían llevar en la sangre el fuego inspirador de la revancha, denominada "vendetta", posiblemente por remanentes de viejas culturas bárbaras y piratas de dos milenios atrás, que infestaban el Mediterráneo en sus guerras contra los romanos. Actuaban al margen de todo principio jurídico. Una ofensa debía ser vengada. La venganza parecía ser una regla no sólo satisfactoria, sino triunfal. El término universal "cobarde" tenía menos sentido que "rimbeco", palabra terriblemente ofensiva para los que no podían lavar una afrenta o un delito con la vendetta. Cuántas veces, este afrentoso calificativo llevó al suicidio.

La novela "Colomba", del mismo Próspero Mérimee, es ejemplo de la metafísica de los seres de Córcega. En ella, un legítimo abogado fue marcado como entrometido, y ese fue Orso Della Rebbia, quien se negaba a tomar vendetta contra los asesinos de su padre, argumentando que "para eso habían leyes". En tanto, Colomba, la hermana, vivía desesperada, sedienta de la vendetta que Orso no cumplía. Llegó a calificarlo de rimbeco, como un anatema. Entonces aconteció algo… (se sugiere leer la novela).

Pero la historia de Mateo Falcone a la que he de referirme, la leí hace mucho tiempo en un libro de sinopsis de relatos breves, y la recuerdo de la siguiente manera:

Era una calurosa tarde en una aldea de la isla cerca de Port Vecchio, de pocas casas. En un espacio amplio se hallaban arrumadas varias parvas de heno, amontonadas por la trilla del grano, cuando de pronto apareció un hombre de paso ligero, más bien vacilante, tenía una herida en la pierna donde asentaba su mano derecha ensangrentada. Llegaba hasta allí después de una balacera. Se acercó hasta donde jugaba un niño de unos seis años. Al muchacho no pareció darle miedo la presencia de ese extraño que se sostenía tambaleante sobre uno de sus pies. "Oye chico" le dijo, "me persiguen… estoy herido, por favor escóndeme".

El niño lo miró con serenidad, sin mostrar sorpresa, pero no contestó. Gianetto, al no conseguir el favor, extrajo una reluciente moneda que tentó al niño, quien le señaló una de las parvas, expresándole con un pequeño gesto que se metiera en medio de la paja. En efecto, el bandido rápidamente se escondió allí.

Gianetto era un fugitivo en apuros, un bandido a quien la policía perseguía. Pocos minutos después llegó una patrulla de seis soldados rifle en mano, encabezada por un sargento de nombre Piero Gamba quien se dirigió al niño, espetándole enérgicamente: "Fortunato, ¿viste tú a un hombre herido?" Fortunato era hijo de Mateo Falcone, primo de Piero Gamba, quien iba en persecución de Gianetto. "Mira muchacho, te daré este reloj que siempre quisiste, si me dices dónde se oculta ese hombre" le dijo al muchacho, extrayendo de su chaqueta un reloj redondo que lo balanceó de una cadenilla entre los dedos…

"¿Me lo darás tío?" preguntó el niño abriendo deslumbrado sus ojillos.

"Te lo daré" respondió el hombre, sonriendo groseramente pero fingiendo amabilidad. Entonces el niño, alzando una piedrecilla y formando una diminuta catapulta con su índice, la arrojó hacia la parva. La policía cayó allí como una tromba y extrajo a Gianetto maldiciendo contra el muchacho: "¡Maldito hijo de zorra, ya verás… me las pagarás!"

La breve patrulla policial rumbó hacia el pueblo, pero en el camino encontró a Mateo Falcone que iba a su casa acompañado de su esposa, una pequeña y humilde mujer. Ella cargaba un bulto con alimentos y él un rifle en el hombro. Según la costumbre, la mujer debía cargar los alimentos y el hombre las armas. Se saludaron Falcone y Piero: "Salud primo… ¿Quién es ese hombre a quien llevas maniatado?" preguntó Mateo al jefe policial. - "¡Es un criminal! Por fin lo agarramos y gracias a tu hijo, mi sobrino Fortunato… Tuve que obsequiarle mi reloj que tanto le gustaba" - "¿Mi hijo?" grito sorprendido Mateo, y su rostro cambió tornándose rojo como una ascua, parecía que iba a estallar. Después de preguntar dos veces más, ya no dijo nada. Partió casi mecánicamente hacia donde iba.

Llegando al campo de las parvas encontró a su hijo, lo tomó por su pequeño brazo, y casi arrastrándolo lo llevó fuera de allí mientras descolgaba de su hombro el rifle que llevaba. La madre cayó de rodillas gritando. El muchachito suplicaba lloriqueando: "¡No me mates padre! !Pediré perdón a Gianetto, pero no me mates padre!"

Mateo no quiso oír nada, inconmovible llevó al niño hasta un peñón cerca del bosque. Mateo Falcone era un hombre rudo, fuerte, de cuello recto y duro como un tronco, brazos y piernas tirantes como cables de hierro, de unos 50 años, cabello entrecano, de caminar más lento que ligero, parco en hablar y torpe con su mujer. Era el paradigma de aquella casta de corsos frenéticos en su atávica metafísica:

"¡No debías nunca entregar a Gianetto! Es una ley nuestra ayudar al perseguido... ¡No somos traidores!.. ¿Qué sabes rezar?" le preguntó con voz de energúmeno.

El niño rezó el Padrenuestro tartajeante y lloroso… Rezó el Avemaría también. - "¿Qué más sabes rezar?" - El niño sólo respondió: "¡No papaíto… no me mates!" - "¡Entonces que Dios se apiade de tu alma! ¡Adiós, hijo mío!" Y una descarga cerrada del arma destrozó la cabeza del niño.

Vicente González Aramayo Zuleta. Oruro, 1932. Abogado, novelista, escritor, cineasta.

tags: La Patria, Noticias de Bolivia, Periodico, Diario, Newspaper, Mateo Falcone

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