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Domingo, 3 de enero de 2016, Cultural El Duende
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Los manifiestos conservadores en Bolivia: los radicales exhiben su verdadera piel

•  H. C. F. Mansilla


No sólo en Bolivia, sino en buena parte del Tercer Mundo se cuestionan enfáticamente los logros del modelo civilizatorio occidental, sobre todo en la perspectiva político-institucional, pero al mismo tiempo se quiere alcanzar rápidamente los adelantos técnicos y económicos que han surgido de ese mismo ámbito. Los intelectuales progresistas, los ideólogos de la descolonización y los representantes de concepciones teluristas, nacionalistas y socialistas han generado esta ambivalencia básica y traumática frente a la modernidad occidental, una constelación signada por la propensión a la imitación y el anhelo de producir un nuevo paradigma civilizatorio original. En el seno de esta problemática debe verse la actividad de los principales intelectuales del país, que ante los desafíos de la modernización han tratado de escudriñar y rescatar el alma del país, la esencia profunda de la tierra, por un lado, y el destino histórico del pueblo, por otro. Estas entidades metafísicas (el alma, la esencia, el destino) no pueden ser detectadas empíricamente. Salen a la luz únicamente mediante esfuerzos interpretativos. En este terreno los intelectuales son los llamados a descubrir y describir ese cimiento profundo, que en Bolivia ha estado en situación de vulnerabilidad a causa de las influencias externas, por ejemplo cuando la sociedad se expone a las actuales corrientes de la globalización, o anteriormente cuando sucedió la revolución de los transportes y la comunicaciones, o cuando se trató de reformar el sistema educativo boliviano.

Uno de los primeros intentos de resistir conscientemente la "importación" de los parámetros occidentales de desarrollo se dio en el campo de la educación, y ha sido hasta ahora el designio modernizante más debatido por los intelectuales. Franz Tamayo afirmó en 1910 que los problemas de la pedagogía boliviana constituirían un asunto de la psicología nacional, es decir de la identidad profunda de la nación. Para comprender esta última no habría que ocuparse de otros países y culturas. El núcleo de la identidad resulta ser la "energía nacional", que él la definió como el orgullo, "el culto de la fuerza en todas sus formas", "el desprecio de los peligros", "el desdén de la muerte" y "el amor de la acción". Este esfuerzo teórico de Tamayo se enmarca en el vitalismo filosófico y literario, como era lo usual a comienzos del siglo XX, cuando se conjugaba un estilo altisonante, osado y belicista con reminiscencias estoicas y románticas. Todas las cualidades nombradas no son específicamente bolivianas y pueden ser calificadas como virtudes marciales propias del irracionalismo europeo que Tamayo conoció durante su juventud. El propósito de Tamayo por captar la esencia de la identidad boliviana tiene lugar mediante un lenguaje enfático y ampuloso, pero, al mismo tiempo, impreciso y ambiguo. Haciendo gala de un espíritu tradicionalista, Tamayo quería mantener a la mayoría de la población boliviana - los indígenas - fuera de la escuela, lo que es lo mismo que preservarlos de la incipiente modernidad, pues sostenía que estos perderían sus virtudes características: "la sobriedad, la paciencia, el trabajo", por medio del contacto con valores de orientación e instituciones "foráneas". Toda la argumentación de Tamayo puede ser calificada como un alegato contra la modernidad occidental y, al mismo tiempo, como un manifiesto conservador envuelto en un lenguaje radical. La nostalgia por la sencillez y la moralidad de la vida rural premoderna, exenta de las alienaciones contemporáneas, alimenta este tipo de argumentación.

Similar es la posición de Carlos Medinaceli, quien afirmó en 1928: "Lo corrompido en nuestro país, y más que corrompido, artificioso y falso, son las ciudades y la vida de ciudad". Y prosiguió: "Lo verdadero y sano es el campo, y son las campesinas costumbres. Éramos un pueblo sano, de costumbres y vida aldeanas y feudales". Su descripción de lo negativo no deja lugar a dudas: "La libertad y la democracia son, precisamente, dos síntomas de decadencia, de corrupción racial, social y política". Lo positivo, según Medinaceli, estaba encarnado en "la santidad campesina de la vida del hogar", a la que sería razonable regresar, pues el hombre es "más desgraciado y más esclavo" cuando se aparta de la naturaleza (el ámbito rural) y aspira a la libertad política y a la diversidad de opiniones y valores, que es lo que caracteriza el espacio urbano. Es una crítica severa de la modernidad, compartida por numerosos pensadores de la época, pues la vida de las grandes urbes, regida por el principio de eficacia y rendimiento, sería, en el fondo, un orden social insoportablemente complejo e insolidario.

En 1969 el pensador boliviano más importante del indianismo, Fausto Reinaga, había identificado los cuatro elementos de la civilización occidental que debían ser radicalmente rechazados y eliminados porque esclavizaban a los indios sudamericanos: "el derecho romano, el código napoleónico, la democracia francesa y el marxismo-leninismo". Es muy probable que el confuso indianismo propalado por canales oficiales a partir de 2006 haya sido influido, aunque sea parcialmente, por la obra de Reinaga. Estas teorías sobre la necesidad de procesos radicales de descolonización tienen un cierto peso en el área cultural y valorativa, por ejemplo mediante las publicaciones del Viceministerio de Descolonización.

Las teorías de la descolonización constituyen el mejor ejemplo de un "ajuste de cuentas con el otro", como afirma Javier Sanjinés en el libro teóricamente más exigente de esta tendencia: Rescoldos del pasado (La Paz: Plural 2009). Sin el ajuste de cuentas, según Sanjinés, no hay una posibilidad seria de avanzar hacia una sociedad emancipada. Esta obra puede ser considerada como un genuino manifiesto conservador, que, escrito en el lenguaje académico de la actualidad, postula francamente la fidelidad a un orden social arcaico -porque sería profundo y en armonía con la naturaleza-, en detrimento del orden moderno urbano, que sería una fuente artificial de corrupción y decadencia. "Lo arcaico", dice este autor, "no es lo caído en desuso, sino lo profundo". Sanjinés da a entender que los fenómenos modernos, como la formación de la nación cívica mediante la decisión consciente de los ciudadanos, representan algo superficial que no alcanza la dignidad ontológica de lo arcaico, de las estructuras comunitarias precoloniales y del modelo endógeno-indígena. La democracia en cuanto deliberación racional y abierta constituiría un factor exógeno y moderno, por lo tanto: deleznable, insustancial y hasta frívolo. No tendría la calidad y la solidez de los valores de la tradición, que son la "promesa de la continuidad": "la fidelidad, la admiración y la gratitud". Sólo ellos evitarían "esa multiplicidad confusa de tendencias y aspiraciones que supone el libre albedrío individualista. Se trata, pues de la fidelidad a una causa superior que supera las mudanzas del tiempo". El libro de Sanjinés resulta ser una auténtica confesión de un espíritu conservador que no quiere analizar ni criticar, sino admirar y agradecer una herencia cultural que viene de muy atrás. Hay que acercarse a ella únicamente con amor y lealtad. Es, en cierto sentido, un retorno a posiciones anteriores a todo racionalismo, una regresión a una constelación signada por una teología elemental de unas pocas creencias sólidas e inamovibles, y un claro rechazo de la pluralidad ideológica y del individualismo liberal que caracterizan a nuestra era.

Por otra parte, este libro de Sanjinés está muy a tono con las modas postmodernistas del momento. Es un texto sobre otros textos. En ningún momento discute problemas de la profana realidad. Dialoga exclusivamente con otros escritos académicos y hasta esotéricos. En ningún momento desciende a los temas de la vida diaria. Jamás menciona los valores modernos -a menudo cosmopolitas- a los que se pliegan hoy las generaciones juveniles de origen indígena, sobre todo en las esferas del consumo, la diversión y el ocio y en la elección de la carrera profesional. Nunca se preocupa por las prácticas cotidianas sincretistas de las etnias que dice estudiar. Y, por supuesto, no considera la configuración de nuevas élites privilegiadas con inclinaciones capitalistas en medio de un régimen presuntamente igualitario.

Estas teorías dejan de lado la posibilidad de que el renacimiento del pasado mítico contenga mayoritariamente elementos de una interesada "invención de la tradición" y la probabilidad de que la memoria arcaica encierre también factores de una herencia cultural fuertemente autoritaria y adversa a la emancipación femenina. En un libro sugerente, aunque confuso, Oscar Olmedo Llanos señaló que no es casualidad que en Bolivia no se hayan publicado investigaciones sobre la estructura familiar del mundo aymara, ni tampoco en torno a las relaciones patriarcales y verticalistas que prevalecen en las comunidades campesinas; la insatisfacción crónica de las mujeres campesinas fomenta evidentemente una atmósfera generalizada de autoritarismo colectivista. Estos son temas que no despiertan el interés de aquellos intelectuales consagrados a admirar los logros civilizatorios de un pasado embellecido indebidamente.



* Hugo Celso Felipe Mansilla. Doctor en filosofía.

Académico de la Lengua.

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