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Domingo, 3 de enero de 2016, Cultural El Duende
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La muerte del poeta Reynolds

•  Gregorio Reynolds Ipiña. Sucre, 6 de noviembre de 1882 La Paz, 13 de junio de 1948


El poeta muerto es sólo una ficción de nuestra sensibilidad.

No muere el poeta. Su envoltura humana reducida a ceniza, es como el leño de sándalo que la combustión convierte en llama viva y perfumada.

La muerte del cisne es la transformación de la vida en canto.

Morir es la suprema transfiguración del alma del poeta.

En el rojo de la fragua se acendra el oro dejando en las cenizas la vana escoria. Es milagro del ascua de carbón el oro refulgente.

Cumple la rosa la plenitud de su misión de belleza sólo cuando, tronchada por el jardinero, ocupa en el cristal del búcaro el sitio propicio para perfumar un ambiente de amor. Es la muerte que se trueca en perfume.

Pero, vano intento el pretender consolarnos de la terrible realidad de la muerte de nuestro gran Gregorio. Bien sabemos que todas estas filosofías panteístas, son como el silbido del niño timorato en la oscuridad del aposento. Sólo sirven para disimular nuestra honda congoja.

Con la muerte de Reynolds desaparece uno de los más grandes poetas contemporáneos de América, como Rubén Darío, Jaimes Freyre, Lugones, Chocano. Reynolds fue el poeta más poeta de nuestra tierra.

Nadie como él cantó la Creación de Bolivia con una visión maravillosa de profeta bíblico que escudriña los arcanos del pasado y avisora el provenir más remoto. Como un gran filósofo de la historia y como un estadista que manipula los destinos de un pueblo, arrancó al misterio hondas verdades de supervivencia y eternidad de su pueblo y marcó rumbos luminosos a la patria futura.

Poeta de las altas cumbres y del Altiplano áspero y macho, cinceló en el granito eterno y en la nieve diamantina y en la lejanía azul hermana del cielo, poemas formidables hechos para siempre como nuestras montañas.

Ni Eliseo Reclus, ni Eustacio Rivera, ni ningún hombre de ciencia, poeta y novelista, pintaron como Gregorio Reynolds en su poema "El Beni", la vorágine amazónica, la Hilea paradisiaca del tercer día de la Creación. No ha habido quien le supere; habrá tal vez quien se le aproxime. Ciencia, cultura, visión profética, inspiración, belleza, son las características de ese fragmento de paraíso hecho poema.

¡Qué diremos de su "Cofre de Psiquis", qué de sus "Rosas" y "Bailarinas"!

El sensualismo llevado al grado de ebullición en unos poemas, el misticismo hermano del de Asís y trasunto de Kempis en otros, la efervescencia pagana y panteísta en muchos y el equilibrio aristotélico y la divina proporción en todos, forman la trama y la urdimbre multicolor, cuajadas de pedrerías orientales, de sus maravillosas creaciones poéticas.

El troquel de sus sonetos está forjado en bronce de campanas y cañones. Sus madrigales son delicados como orfebrerías bizantinas o frescos y risueños como paisajes de biombo japonés.

Uno de sus últimos poemas, "Omnipotencia", es un alarde magnífico de saber, de cultura y de audaz inspiración filosófica.

Sus próximos libros "Illimani" y "Arco Iris", que no alcanzarán a ver los ojos terrenales del gran aeda, son la obra maestra de la fecunda y multiforme obra de este opulento millonario de la inspiración y de la rima.

Mañana, cuando la sabiduría de los críticos haga la autopsia de la obra de Reynolds, hallará en el cerebro y en el corazón del artífice, estos cuatro elementos constitutivos: una gran cultura clásica, un dominio pleno del idioma de Cervantes, una técnica de versificación asombrosa y una inspiración divina. Con estos cuatro puntos cardinales, el mundo poético creado por Reynolds tendrá los caracteres de una obra perfecta e imperecedera.

Sus ojos mansos de niño triste, su rostro de viejo marfil perfilado como reliquia sagrada, su cabellera clara y risada que aureoló una frente luminosa cual resplandor de gloria, perdurarán en el recuerdo emocionado de cuantos admiraron y amaron a este gran San Gregorio de la poesía boliviana.



Casto Rojas. Cochabamba, 1879-1973. Fue académico de la Lengua y de la Historia.

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