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Domingo, 31 de enero de 2016, Cultural El Duende
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La magia en las calles

•  Guido Lagos


Una "antropología fenoménica" del carnaval de Oruro nos adentra en la alegría, las emociones y la ancestral profundidad de un pueblo. El carnaval en Oruro es cosa seria. Endemoniados bailes de morenadas, diabladas y otras arcoirizadas comparsas, todo al compás de bandas y numerosas fraternidades. Entorno, público, danzarines y músicos se mezclan en una totalidad maravillosa que trasciende cada una de las "partes". Se producen la fusión mágica de un auténtico rito. Nadie puede escapar al encantamiento.

No es simple describir las vivencias. Experiencia y descripción de la experiencia. Mapa y territorio, anticiparía Korzibsky. Esa dificultad todos los antropólogos la viven. Bien la paradoja de intentar comprender y describir la "cultura" de lo otro, para terminar asumiendo que sólo pueden hablar de su propia experiencia con eso otro. Es que el ser humano no puede escapar de ser lo que es. Nuestro sistema nervioso es operacionalmente cerrado, argumentarían los biólogos Francisco Varela y Humberto Maturana.

Pero existen ciertas posibilidades de transgredir esa "prisión del uno mismo" una cierta "espiritualidad" -una consciencia expandida y participante, tal vez la especificidad de lo humano- sería la llave para salir del encierro. Siempre en la historia, nos hemos dado ciertos espacios rituales para recordarnos que ese "uno mismo" se encuentra conectado y unido. En la vivencia ritual, nos percatamos que somos parte de una totalidad más grande que la estrechez del cuerpo-mente. En el carnaval de Oruro, uno se da cuenta que esas conexiones con el cosmos no son exclusivas de los pueblos ancestrales. En Oruro, el antropólogo es atrapado en la fusión mágica del ritual.

Sobre el origen del Carnaval hay bastante tinta derramada. Los periódicos se llenan de polémicas sobre lo pagano o cristiano del evento. También existen bellas leyendas que se refieren a él. Una narra que en 1789 en Oruro se habría producido un milagro. Un "buen bandido", enamorado de una chola, habría sido apuñalado por su endemoniado suegro. Moribundo ya, una hermosa mujer -aparición divina- habría guiado a este Robin Hood boliviano al hospital. Allí, él confesó ser el buscado y justiciero Nina-Nina, y que, para escapar de la ley, había vivido escondido en una caverna, en cuyo interior había dibujado a la Virgen de la Candelaria. Ella conocía sus lamentos. Muerto Nina-Nina, ese lugar -ahora la Virgen del Socavón- se habría transformado en un "santuario" al que acudían anualmente, en una danza interminable, todos los mineros de la ciudad. Borrachos y alegres bajaban cantando desde el cerro "Pie de Gallo" a rendirle culto a su virgencita. En años posteriores los trabajadores de otras actividades se fueron integrando a la comparsa. Estaba naciendo el Carnaval.

En el carnaval, como en sus relatos, "realidad" y ficción se unen. Se confunden. Como en las fábulas, los mitos y las leyendas.

No debe existir en Oruro, tal vez en toda Bolivia, familia alguna que no tenga al menos un integrante en el rito. En esta materia todo boliviano es un experto, en pura vivencia la que transmiten sus discursos. Un sano orgullo y una cierta "fierez de ser", es lo que se expresa en la aspiración a caporal o figurita. Toba, Tinku, Lucifer, San Miguel u Oso poco importa. Se trata de participar y ese es el deseo profundo de todo boliviano, y Bolivia es un país que ha sabido guardar sus profundidades.

Ese ambiente cautivante se inicia mucho antes del "desfile". Los preparativos comienzan en noviembre. El primer domingo después de Todos los Santos, cada una de las casi 6 mil personas que integrarán las 40 o 50 comparsas, realizará su personal promesa a la Virgen del Socavón. Acudirá donde ella a rezarle su compromiso de bailar durante los cuatro días que dure el carnaval. Esa promesa no tiene validez si se hace sólo por un año, se debe bailar durante al menos tres años consecutivos. Y, realizada la promesa, deben practicar su danza todos los domingos. Llueva o truene, en Oruro los domingos habrá "fiesta".

Las simbologías en las vestimentas, incluso el desplazamiento de los bailarines, parecen referirse a una lucha -amigable- entre el Bien y el Mal. Oruro no escaparía a esta constante polaridad, siempre presente en las ritualidades. Los estudiosos del Carnaval plantean que allí, los diablos, el "Tío", el "Sapo", representan lo "malo", las sombras. En el Carnaval, a lo oculto le está permitido salir a pasearse por las calles. En ellas se encontrarán bailando alegremente Dios y Lucifer. Se produce así la unidad de las aparentes tensiones, y ello da cuenta de la sacralidad profunda del instante. Los analistas señalan que Los Siete Pecados Capitales, también salen a bailar. La soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza, serían como las reinas del Carnaval. Entre diabladas y morenadas, cóndores, chunchos, cambas y chipayas, estos pecados danzarían, batiéndose -amorosamente- contra las Virtudes, sus eternas perseguidoras.

El Sábado de Entrada, las "cholas supay", los pujllay, los tarabuqueños, siri-sicuris y negritos sayadores, que en una desparramada danza, se desplazan a lo largo de los 15 kilómetros, que van desde la avenida 6 de Agosto hasta la explanada de la iglesia, son apenas el colorido ornamental que contextualiza el ritmo ambiental que se está viviendo en toda la ciudad. Todos los rincones vibran en absoluta resonancia -un isomorfismo casi perfecto- con los sones de bandas y el colorido de los miles de bailarines. Durante más de 12 horas, el interminable desfile irá cambiando la temperatura de la ciudad.

En una cercanía casi promiscua, Oruro camina. Mercaderes y mendigos, diablos y ángeles, magnates y paupérrimos, deambulan conjuntamente: la "fiesta" los ha unido. Las diferencias han desaparecido en la catarsis ritual. Toda la noche, un verdadero hormiguero humano se desplazará de un lado a otro, por los cuatro puntos de la ciudad. La verbena -verbo finalmente- es para eso. Las calles se llenan de conversaciones y encuentros. Las cervezas corren de mano en mano, de boca en boca, sin importar quién sea e vecino. Olores de pollos fritos, chicharrones y hamburguesas, penetran el aire de la noche orureña. Se hace viscoso el caminar de visitantes y anfitriones. Improvisados conjuntos musicales desparraman acordes, tal vez simples ruidos.

Del frenesí y el éxtasis vivido en la Verbena y la Entrada, uno es transportado al clímax mismo. El punto cúspide, la cota mayor, se asoma con "El Alba". Durante la madrugada del domingo, rondando las 4 de la mañana, los asistentes, fascinados por el trance de lo vivido, nos sacudiremos la ebriedad del cuerpo para recomenzar. El alba es la madrugada de dos hermosas jornadas, alucinantemente oníricas. La ciudad se despierta y corre apresurada a la explanada mayor de la iglesia. Allí, uno se cofunde con las 40 o 50 bandas que no han parado de tocar durante toda la noche. Los músicos no se han movido del lugar elegido, para que todo un pueblo espere la aparición del Lucero de la mañana. Miles de personas se congregan allí para latir al unísono, al compás de cientos de instrumentos que suenan. Sólo hacen ruido, ya no tiene importancia. Ningún músico se preocupará de lo que pueda estar haciendo sonar su vecino. En medio de esta cacofonía maravillosa se genera esa atmósfera atrapante. Como un todo unido por magia blanca y negra, las miradas están atentas al oriente. Se está esperando la estrella que desatará la verdadera tormenta. Con sonidos ensordecedores de cientos de tubas desafinadas, tambores frenéticos, trompetas corroídas ya por el alcohol que moja su metal, se anuncia la aurora. En el alba del día, la ciudad se confunde en un solo grito que todo lo mezcla. Miles de personas aglomeradas, saltan y expresan su alegría. La confusión se ha producido. La resonancia magnética que todo lo envuelve, llega a su máxima densidad. Los latidos del corazón, extendidos por todo el cuerpo, logran escaparse de él, y abrazándose con otros conformarán la totalidad que nos había estado engullendo. Embriagados por esa divinidad, saludamos la aparición del día. El sol calienta ya los cerros de Oruro y el tercer día de carnaval se comienza a vivir. Los brujos, durante dos días más, desparramarán magia sobre Oruro.



* Guido Lagos.

Escritor chileno.

De "Ladrón de bicicletas", 1996 - Revista El Canelo

tags: La Patria, Noticias de Bolivia, Periodico, Diario, Newspaper, La magia en las calles

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