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Domingo, 8 de junio de 2014, Cultural El Duende
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La magia de América


Hablemos ahora de la magia aborigen. Cuando España extiende sus conquistas, clava cruces y cuelga campanas a donde va llegando, enseña el credo, bautiza en masa a los pueblos. La fe queda como un leve manto que todo lo cubre y unas veces ahoga lo anterior y otra lo arropa. Una ley se impone: la del disimulo. Bajo el manto, ¿qué quedaba?

Fueron pocas las religiones aborígenes que abarcaron grandes comarcas. En México, los aztecas al centro y a los sur los mayas; en el Perú, los incas. Luego en el repliegue de los Andes, en cada isla de las Antillas, en cada rincón de la selva había dioses distintos.

Unos pueblos adoraban el sol, otros el agua, otros el fuego, siempre de distintas maneras. En el Amazonas, los ticunas hacen muchísimas jornadas en sus canoas, llevando prendidas las brasas, hasta llegar al sitio donde todos celebran, una vez al año, la fiesta del fuego. Los chibchas veneraban las ranas, lagartijas y culebras que yendo de la tierra al agua llevarían mensajes a la diosa de las lluvias, madre de la agricultura. Los astrónomos del Perú y los de México estudiaron el movimiento de los astros y rindieron culto al sol y a la luna. Los mexicanos adoraban a la serpiente emplumada, el águila, el caballero tigre, el dios del maíz. En la puerta del Sol de Tiahuanacu hay las representaciones sagradas de los pumas. En los clanes más primitivos aparecen los tótems que forman un vasto jardín zoológico, esparcido por un continente que tiene varias veces el tamaño de Europa.

Las ceremonias llegaron a una elaboración y suntuosidad fastuosa entre mayas, aztecas o incas. En Bonampak, aparecen pintadas en el siglo VIII, danzas y ritos para celebrar las victorias, con sombreros que figuran animales fabulosos e instrumentos músicos como maracas, trompetas y tambores. En los relatos que dejaron escritos conquistadores e indios se recuerda con nítida precisión la trágica fiesta de Toxcatl, cuando los soldados de Alvarado dieron muerte traidora a los sacerdotes que hacían sus ritos ante el altar de Huitzilopochtli. Las pirámides en Teotihuacán o en Palenque, el templo de Tula, y los de Tikal y de Petén, indican la potencia de las religiones que abatieron los cristianos. Los dioses vencidos no quedaron muertos. En una nostalgia de siglos, confusamente los evocan los indios. Los indios no han sido felices bajo los blancos, y los ilusiona la idea de un paraíso perdido; el de su libertad. Si en los tiempos anteriores hubo despotismo, o lo han olvidado, o lo prefieren, porque era su propio despotismo. Es la nostalgia que difunde la música de la quena en el aire de la puna incaica. Los elementos mágicos persisten en la mente de los indios que se han visto humillados, explotados en la colonia y en la república. Confían sus cuitas a "sus" dioses, envolviendo con las oraciones cristianas las suyas propias: es un contrabando que permite la circulación clandestina del ruego. La mentira de los indios custodia su verdad.

En España se entretejían las magias. En América formaban islas solitarias. La vastedad de un continente sin comunicaciones, aislaba. En la hoya amazónica hay infinidad de tribus que no saben unas de otras, que tienen sus propias lenguas y sus propios dioses. Subsisten regiones donde aún se habla maya, guaraní, aimara o quechua. Tribus fieles a sus tótems. Y desiertos. Pampas que estaban inhabitadas. Lo que puede ser un poderoso recuerdo en México es la nada en la Argentina o en el Uruguay. Las danzas incaicas, aimaras, aztecas o mayas renacen donde las hubo, persisten, se bailan delante de la virgen en las procesiones. De otra parte, el tango o el pericón argentinos, la cueca chilena son sones de Europa que se transfiguran en Buenos Aires, en Mendoza o en Santiago, donde el indio no existe como elemento de cultura. El pueblo de México sigue soñando con el pulque, el de Perú, de Colombia o del Ecuador con la chicha, el del Paraguay, Buenos Aires y Montevideo con el mate, el de las Antillas con el tabaco. Lo que hay de sagrado en estos alcoholes o humos no lo saben ni los mismos que han como un rito inconsciente al beberlos o aspirarlos.

Hubo explicaciones indígenas del Génesis que han quedado en las páginas del Popol Vuh de los mayas y en otros textos. En los libros de Chilam Balam, también mayas, hay tenebrosas profecías que se relacionan con la conquista:

Come, come, tienes pan:

bebe, bebe, tienes agua;

en ese día el polvo se apodera de la tierra,

en ese día la peste cubre una faz de la tierra,

en ese día se levanta una nube,

en ese día un hombre fuerte se apodera del país,

en ese día las casas caen en ruinas,

en ese día la tierna hoja es destruidas,

en ese día hay tres signos en el árbol,

en ese día tres generaciones penden allí,

en ese día se levanta la bandera del combate,

y se dispersan (los hombres) lejos, por los bosques.

De la poesía azteca quedan poemas como los que recogió fray Bernardino de Sahún. Del teatro incaico, Ollantay, una tragedia que recreada por don Ricardo Rojas se ha presentado en los teatros europeos. Hasta en las desconocidas tierras del Vaupés, en Colombia, se ha conservado el Yurupary.

Es el Yurupary –dice Javier Arango Ferrer– menos denso que el Popol Vuh de los mayas pero, a mi juicio, no menos lírico y profundo en el sentido mágico de los mitos. Yurupary fue un héroe civilizador en lucha contra el matriarcado primitivo: nadie puede imaginar la belleza simbólica de este poema selvático del Vaupés que escribió en lengua ñengatú y en letra latina el indio amazónico José Roberto a fines del siglo XIX. El conde Stradelli, explorador del Putumayo y versado en lenguas aborígenes, lo tradujo al italiano y lo publicó en el Boletín Geográfico de su país hacia 1890…

Hay dos cosas que sorprenden a los españoles cuando llegan a las Antillas: el tabaco y la danza. Del tabaco quien primero escribió fue Colón. De la danza, del areyto, Gonzalo Fernández de Oviedo. Los areytos se bailaban cantando: presidía la fiesta que vio el cronista la reina Anacaona, "graciosa y palanciana en sus hablas y artes meneos". Los danzantes, cogiéndose las manos unas veces, otras con los brazos ensartados, en la fila o en corro, repiten cuanto hace la que va guiándolos, que avanza o retrocede a contrapás, todo en mucho orden, cantando unas veces alto, otras bajo, mientras retumban los tambores. En sus cantos, ellas relatan sucesos leyendas de la tribu. Lo hacen tan bien que dicen los españoles: "Nos recuerdan los cantares y danzas de los labradores cuando en algunas partes de España, en verano, con los panderos, hombres y mujeres se solazan…" Han pasado cuatro siglos y medio. El tabaco se extendió de las Antillas a todo el mundo. El areyto sigue bailándose. La magia se sostiene.

Las semejanzas que encontraban los españoles entre las danzas de la isla y las de España son de esas coincidencias mágicas que hay en los amores brujos, así ocurran entre los primitivos de América y los campesinos de España… o los de Alemania. Guzmán Poma de Ayala escribe un pequeño tratado de hechicería americana, el primero de la América del Sur. Sus relatos no tienen muchas diferencias con los del aquelarre español:

Usan darse venenos y ponzoñas para matar, que ellos llaman hanpicoc: unos mueren presto, otros tarde… Otros toman un sapo, quitan la ponzoña de la culebra y con ellos dicen que hablan y dan ponzoña a los hombres. Otros, hablando con el demonio, toman el sapo y le cosen la boca y los ojos con espinas y le atan los pies y manos y lo entierran en un agujero donde se asienta su enemigo o del que le quieren mal para que padezca y muera. Allí no se muere el sapo sino que padece y para esto tienen y crían sapos y culebras…

En niveles más altos, las versiones de los indios sobre grandes flagelos de la humanidad coinciden con los pasajes bíblicos. Hay una versión muy extendida del diluvio universal, el culto de la virgen madre, la idea de un apóstol barbado que anuncia el destino futuro de los pueblos.

De América han salido drogas alucinantes. En el caso de la mariguana ha un puente tendido entre Asia y el Nuevo Mundo: es originaria de la India, y su uso en nuestro siglo ha partido de México. Mexicanos son los hongos que producen visiones como el opio. La coca pasa del Ecuador y el Perú a todo el mundo. La medicina de los guaraníes y los incas comienza a imponerse en el siglo XVIII cuando la estudian las misiones botánicas. Los brujos practican la medicina en todos los niveles: para curar de las enfermedades y los amores, para despachar de este mundo a los que mueren. Rezan para sacarle los gusanos al ganado. El agustino Antonio de la Calancha encontró en el Alto Perú una universidad de hechiceros: estas universidades fueron escuela de medicina de los tiempos mágicos. Los negros tuvieron una en Tolú, donde el aire se embalsama de algo que ahora se encuentra en las farmacias.



Germán Arciniegas. Bogotá, 1900 – 1998. Escritor de intensa vocación latinoamericanista.

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