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Domingo, 4 de enero de 2015, Cultural El Duende
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La fragilidad de los modelos humanos

•  H. C. F. Mansilla


Mi ?ltima estad?a en Alemania increment? un ?nimo pesimista que arrastro desde la infancia. Uno de mis maestros universitarios m?s admirados estaba gravemente enfermo, y yo le hice una visita de cortes?a. Ambos nos dimos cuenta de que era la ?ltima vez que nos ver?amos. Ello dio a la ocasi?n un aire solemne: sin quererlo, tratamos de sopesar cada palabra y de medir cada gesto. Me pareci? curioso, porque mi profesor era el palad?n de la iron?a y de las bromas. En mis a?os estudiantiles ?l me ense?? algo que no practiqu?: la necesidad de ponerse a diario en cuestionamiento, la conveniencia de tomar todo con distancia y la pertinencia de ejercitar un estoicismo moderado y distinguido. Y yo pensaba a menudo como necio consuelo: proponer algo as? es mucho m?s f?cil que actuar en consonancia.

Mi maestro, que siempre hab?a evitado referirse a sucesos y circunstancias personales, me cont? inesperadamente muchos detalles y episodios de su vida. Esto fue lo que me produjo pesadumbre: el hombre hab?a hecho de la cr?tica y la iron?a su arma intelectual, su estilo de ense?anza y hasta la marca distintiva de su escuela, y ahora dejaba vislumbrar una existencia por dem?s prosaica y sin relieve. Ninguno de los relatos ten?a valor literario o anecd?tico, y esto era lo triste: esos retazos de vida, contados con cari?o y morosidad, trataban de concitar mi atenci?n, dilatar mi visita y quiz? ilustrar o dar cuerpo a un mensaje que resumiera el c?mulo de sus conocimientos.

?l hab?a querido brillar en la ingrata rep?blica de las letras y las ciencias, y hasta ejercer alguna influencia sobre los asuntos p?blicos. Sus muchos libros y, sobre todo, su incansable asesoramiento en favor de diferentes gobiernos eran testimonio de ese designio. Hubiera querido ser el preceptor de una nueva Alemania, razonable y democr?tica, como tambi?n lo dese? Max Weber, su gran modelo. Como defendi?ndose de un posible reproche, en cierto momento mi apreciado catedr?tico afirm? que jam?s se hab?a hecho ilusiones en torno al reconocimiento del ?mbito acad?mico y que nunca le interes? el juicio de la posteridad, pero eso, obviamente, no correspond?a a la realidad. Acto seguido me asegur?, por ejemplo, que no eran las enfermedades ni el olvido de sus hijos lo que le dol?a, sino la indiferencia de sus pares, el olvido de la opini?n p?blica y el alejamiento de sus disc?pulos. Eso me dej? profundamente abatido: hasta mi respetado profesor, el campe?n de la l?gica pr?ctica, el conversador agudo y preciso, ca?a en incongruencias tan notorias y pueriles. Y ah? pens?: todos nos comportamos de manera similar. Cuando se acerca el fin o mucho antes cometemos los mismos errores, caemos en las mismas vanidades y endulzamos del mismo modo la infancia y la juventud. Y nos mostramos, por consiguiente, carentes de sentido com?n y, lo que es m?s grave, de elegancia.

Quien lo hubiera imaginado: durante d?cadas mi maestro daba la impresi?n de una notable fortaleza espiritual y de un ol?mpico desd?n por las recompensas de este mundo. Desde afuera su vida parec?a ser una seguidilla de ?xitos, pero ahora aseveraba que hab?a sido una cadena ininterrumpida de peque?os agravios, de innumerables derrotas repetidas casi cotidianamente. Imposible, me aventur? a contradecirle con estudiada vehemencia: ah? estaban el aprecio de cientos de disc?pulos, la fama bien establecida, las menciones laudatorias y agradecidas en varios discursos del Presidente Federal alem?n, los innumerables estudios y comentarios sobre su teor?a y la fascinaci?n que ejerc?a sobre muchas alumnas. Pero ?l afirm?, subiendo sorpresivamente la voz, que esto ?ltimo fue precisamente lo m?s fugaz, lo m?s deleznable, lo menos digno de ser recordado. Se hab?a casado tres veces, con mujeres j?venes, bellas e inteligentes que lo admiraban, y ahora terminaba sus d?as en la soledad total. La felicidad, me confes?, era el resplandor de unos instantes, la dicha de ciertos momentos y, ante todo, la falsa seguridad que proviene de nuestras confusiones y nuestros prejuicios.

El viejo y querido profesor hab?a representado para m? un dechado de correcci?n, un paradigma de sabidur?a: un ejemplo de vida bien lograda, como se dec?a en cl?sica. Su producci?n te?rica no lleg? a convencerme, y no compart? del todo sus an?lisis y diagn?sticos sobre la realidad pol?tica y social. Pero su sapiencia pr?ctica era para m? la ?ltima palabra. Su actitud estoica frente a los avatares de la vida me pareci? lo m?s sensato que los mortales pueden hacer en un mundo irracional e impredecible. Su talante sereno, su virtuosismo verbal 㔀 el alem?n m?s bello que jam?s escuch? 㔀, su buen gusto admitido y envidiado por la comunidad intelectual y su comportamiento siempre adecuado y oportuno hab?an constituido a mi entender la norma de perfecci?n que deb?a imitarse. Y ahora que lo ve?a tan vulnerable y deca?do, contradictorio e il?gico, tierno como un ni?o y orgulloso como en sus mejores tiempos, me percataba de la fragilidad de los grandes modelos, de la futilidad de todo esfuerzo sostenido, de la debilidad de nuestra especie. Hasta pens? que no pose?a un mensaje claro y sistem?tico o una concepci?n coherente, sino observaciones circunstanciales, fragmentos centrados en asuntos autobiogr?ficos, recuerdos soterrados, anhelos ambiguos, pensamientos sin grandes ense?anzas ni moralejas. Una doctrina llena de brumas y sombras. (?Cu?l est? libre de ello?) Entonces me acord? de una de sus observaciones: la herencia cultural amenazada y precaria es la m?s valiosa.

Al t?rmino de la visita me dijo 㔀 como una especie de corolario existencial 㔀 algo que me afligi? aun m?s, porque probablemente se acerca a la verdad, si es que hay algo tan inasible e incierto como la verdad: al final de la carrera y de la vida se sabe menos que al comienzo.



* Hugo Celso Felipe Mansilla. Doctor en Filosof?a. Acad?mico de la lengua

tags: La Patria, Noticias de Bolivia, Periodico, Diario, Newspaper, La fragilidad de los modelos humanos

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