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Martes, 14 de agosto de 2018, Bolivia - Nacional
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La demagógica «opción» por los pobres

•  Germán Mazuelo-Leytón

La primera vez que Jesús predica en Nazaret, es ya famoso tanto por sus predicaciones como por sus milagros verificados en otras partes de Israel, y ahora en su pueblo se le invita a comentar la Escritura Sagrada, entregándosele un rollo de Isaías, y Jesús lee la profecía de Isaías sobre la misión del Mesías: «El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque Él me ungió; Él me envió a dar la Buena Nueva a los pobres». Texto muy discutido sobre si el Mesías vino sólo para los pobres excluyendo a los ricos como defienden algunos grupos de la llamada «teología de la liberación».

Indudablemente Cristo manifiesta en muchas otras ocasiones, que vino a salvar a todos sin excluir a nadie por su posición social ni por su sabiduría, es salvador necesario y universal.

Para Jesús, los pobres y los afligidos, son aquellos que no tienen nada que esperar del mundo pero todo lo esperan de Dios. Los que no tienen más recursos que en Dios, pero también se abandonan a Dios, los que en su sed y en su conducta son mendigos ante Dios.

Los pobres de Jesús son los oprimidos en amplísimo sentido: los que sufren opresión y no pueden defenderse, los desesperanzados, los que no tienen salvación, los que no saben que están a merced de las manos de Dios, todos los que padecen necesidad, los hambrientos, los sedientos, los desnudos, los forasteros, los enfermos, los cautivos pertenecen a los más pequeños, son sus hermanos. Pero el círculo de los pobres es mayor todavía: los que tienen hambre, los que lloran, los enfermos, los que están agobiados, los últimos, los sencillos.

Los «predilectos» del Señor, son no solamente los que no pueden satisfacer sus necesidades básicas, son igualmente los niños que son objeto de su inmensa ternura, los niños son puros, inocentes e ingenuos como Dios: «Quien escandalizare a uno solo de estos pequeños que creen en Mí, más le valdría que se le suspendiese al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y que fuese sumergido en el abismo del mar».

Son también sus predilectos los ancianos y los enfermos, y sobre todo el pecador: «No necesitan de médico los sanos, sino los que están enfermos. No vine a llamar a justos, sino a pecadores» (San Marcos 2, 17); su predilección es buscar a la oveja perdida. Y cada vez que los evangelios contextualizan la conversión de un pecador se oyen las palabras del Salvador: «No peques más». Nos lo recuerda San Pío X: «Mientras que Jesús fue amable con los pecadores y con los que se habían extraviado, no respetó sus falsas ideas, por más sinceras que pudieran parecer. Él los amaba a todos, pero los instruyó para convertirlos y salvarlos».

La parábola del rico Epulón, contiene elementos condenatorios, para el poseedor que bota su dinero sin atender a las necesidades inminentes del mendigo, y exalta al pobre que supo llevar sus llagas y sus hambres con la esperanza en la justicia del Padre.

Pero Jesús no desdeña la amistad de los ricos. José de Arimatea, Nicodemus, que también poseen un alma que han de salvar, y que siempre está en peligro para unos y para otros.

Jesús comprende que el rico tiene cubiertas las necesidades y puede evitar muchos sufrimientos que le sobrevienen al pobre simplemente por falta de medios humanos. Por eso, desea acercarse al pobre que requiere y anhela el consuelo que no puede hallar en las riquezas. Sólo pertenecerán al Reino de los Cielos quienes realmente sólo apoyen su vida en Dios, no quienes opongan toda gran parte de su confianza en los ídolos que son la riqueza deseada o poseída, en placer, el poder, el orgullo, la seguridad en sí mismo o en los anti-valores de este mundo.

«Hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, una mujer se acercó a Él, trayendo un vaso de alabastro, con ungüento de mucho precio, y lo derramó sobre la cabeza de Jesús, que estaba a la mesa. Los discípulos, viendo esto, se enojaron y dijeron: "¿Para qué este desperdicio? Se podía vender por mucho dinero, y darlo a los pobres"» Nuestro Señor Jesucristo respondió: «A los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a Mí no me tenéis» (cf.: San Mateo 26).

Para la izquierda eclesial, los liberacionistas, la figura del «Jesús revolucionario» les era necesaria, por eso fueron a buscarla al Evangelio y como no lo encontraron se lo fabricaron, porque esa tal figura era una «garantía» imprescindible para insuflar su pseudo teología, ideología política más bien.

Para esta ideología «Jesús como luchador social entra de lleno en la lucha de clases de su mundo y hace justicia». El comuno-progresista jesuita Jon Sobrino afirma: «no disimulando ni saliéndose intencionalmente de la dualidad de su sociedad, sino insertándose en ella desde la óptica de una clase» (Cristología desde América Latina p. 122).

Para los tercermundistas la liberación del pecado y el surgimiento del hombre nuevo se alcanzan directamente a través de la participación en la lucha de clases, optando por los oprimidos, para conseguir una sociedad socialista liberada del capitalismo, que según éstos «es el pecado del cual hay que liberarse». Para la teología de la liberación «la construcción de una sociedad justa tiene valor de aceptación del Reino o, en términos que nos son más cercanos: participar en el proceso de liberación del hombre es ya, en cierto sentido, obra salvadora».

«El Cristianismo se funda en el amor, el marxismo parte del odio, de la lucha de clases, cree en el inmisericorde aniquilamiento de los adversarios. El Cristianismo es un llamado a todos los hombres, el marxismo convoca sólo a los proletarios, a los explotados. Uno cree en la Redención, el otro en la revolución» (Aguilar, Luis E., Encuentro de dos herejías).

Es que hoy impera la falsa bondad. La manipulación de la miseria. ¡Qué otra cosa significa sino, el aumento in crescendo del comercio informal? Y no me refiero a los comerciantes (empresarios) que importan de Chile, me refiero a tantos pobres que han llenado nuestras calles con pequeños puestos de venta de limones o pastillas, a los que lavan autos, especialmente niños, a todos quienes no pueden acceder a una salud y educación dignas. Es que ni siquiera se ha dado el primer paso para derrotar la pobreza. Todo lo demás es demagogia pura y dura.

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