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Domingo, 18 de noviembre de 2018, Cultural El Duende
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Francis Scott Fitzgerald y el ansia de Triunfar

•  Por: José Antonio Valdivia. Escritor, abogado y catedrático universitario. De su libro "Adiós Siglo XX" - Colección de ensayos - 2006


Francis Scott Fitzgerald y su esposa
Primera de dos partes



El escritor norteamericano Francis Scott Fitzgerald nació en 1896. Un día igual a todos los demás, salvo que con puntualidad, el calendario marcaba el vigésimo cuarto día del mes de septiembre.

El tiempo, que transcurre sólo porque le tomamos la medida, ha propiciado la interpolación del primer centenario entre aquel año y este.

De modo que se conmemora no un siglo de ausencia, como el bolero sugiere, sino el más concurrido cumpleaños de quien naciera para escribir crónicas inmortales relacionadas con otra melodía: el jazz.

Mejor: crónicas de una época que la unánime nostalgia bautizó como la "Era del Jazz".

Era que, cuajada en añejo sabor del "érase una vez", apenas duró una década, entre el final de la Primera Guerra Mundial y la quiebra bursátil de 1929. Pero fue la más larga noche de fiesta que el "sueño americano" tuvo. Y Fitzgerald la conoció hasta la resaca.

La "Era del Jazz", tan florida, estuvo regada por bodegas clandestinas que desafiaban la "Ley seca".

Una juventud ávida de éxito dejaba atrás las trincheras y sus pesadillas de muerte. El "sueño americano" prometía abrir los ojos ante un amoroso, claro está, desayuno americano. En los salones de baile se descorchaba champaña de doradas burbujas. Coquetas y Filósofos iban de sonrisa humedecida y, momentáneamente, resplandecían con discreta lubricidad encantadora de estrellas cinematográficas.

Cabecitas platinadas anidaban, día y noche, tautológicas flores. Hasta que la música cesó abrupta y todos escucharon un estampido que hizo retintín en las copas vacías. Todos los Jóvenes, ahora Tristes, quedaron fulminados por una revelación: sólo estaban A Este Lado del Paraíso. Como la "Ley Seca" misma, estaban secos: estaban sin ley.

Con talento irrepetible, Fitzgerald atrapó el espíritu alocado de su época y lo encofró en páginas inolvidables. Sus personajes aún contagian ese trunco encanto de fiesta interrumpida. Él mismo fue protagonista de esa algarabía inconclusa.

Pero Fitzgerald es más que la liviana anécdota: escribió novelas y cuentos que conquistan lectores devotos. Aunque él y su época son indiferenciables de la leyenda. Como la melodía del jazz, su vida y su obra presentan una construcción plena de contrastes.

Conoció el éxito temprano, fatigó su juventud y no su talento, y murió mucho antes de su muerte real. Igual a sus personajes, fue un luchador del éxito incompleto. Y quedó como profeta de las ilusiones restringidas.

Sus lectores de ahora sabemos -cien años después- que nació para rozar la gloria. Sólo que ella no acudió a la cita.

El tiempo, que sin cesar teje aproximaciones y urde desencuentros, quitó a Fitzgerald las prendas ensombrecidas de la tragedia. A cambio, le confirió un aura romántica. Le hizo símbolo de las promesas incumplidas.

Un Brillante Muchacho de Saint Paul



Hacia 1896 Saint Paul, Minnesota, había dejado atrás su bucólica etapa de frontera. Era una próspera ciudad del medio oeste suburbano. Sus familias más destacadas pertenecían al círculo de comerciantes enriquecidos, en trance de asumir un alto conservadurismo.

La fortuna heredada garantizaba mayor rango aristocrático que la fortuna reciente. El abuelo materno de Fitzgerald había acumulado una mediana riqueza, de ésas que se agotan en la segunda generación. De modo que en la infancia del escritor, su madre empezaba a cuidar mejor los centavos. Y compensaba tal escasez con sobredosis de ternura.

En el núcleo familiar crecía también, aunque con generosidad etérea, el fantasma de una prosperidad pasada. Fantasma cuyas apariciones iban haciéndose más insistentes, a medida que el padre de Fitzgerald "fracasaba exitosamente" en los negocios.

Aun así, el escritor fue enviado a estudiar en dos instituciones codiciadas de la época: el Newman School de Nueva Jersey y, más tarde, la universidad de Princeton. Dos instituciones donde todos los jóvenes -menos Fitzgerald- dilapidaban dinero como un ostensible atributo de su personalidad.

Esta constatación hizo nacer en él una aguda sensibilidad hacia la posición social. Más tarde, describiría en los siguientes términos una de las casas donde transcurrió su juventud:

"Era una casa inferior al término medio, que quedaba en una calle superior al término medio".

Esta agudeza revelaba también una convicción vital: su realidad económica, que él consideraba inferior al término medio, le predisponía ansiar éxitos superiores al término medio. Forjó una voluntad disciplinada para alcanzar la altura de sus sueños. Sus modelos fueron dos hombres exitosos de Saint Paul: un constructor y un sacerdote.

En el lapso que va entre el Newman School y Princeton, Fitzgerald anduvo más en el limbo que en el paraíso. Ansiaba ser héroe deportivo, pero era físicamente pequeño y frágil. Tuvo una pasión no correspondida por Ginevra King, muchacha millonaria de Chicago.

También escribió relatos que ninguna revista publicaba. Hasta que terminó por abandonar Princeton, sin concluir estudios. En 1917 se incorporó al ejército, pero no consiguió que lo enviaran al frente.

Rozaba sus objetivos, sin asirlos. En 1919 retornó a Saint Paul, casi derrotado, y se consoló escribiendo una ficción autobiográfica. Le puso un título exacto, A Este Lado del Paraíso, y la novela fue publicada al año siguiente por la Scribner´s. El éxito le bañó como una lluvia: ganó fama, dinero y chica. El muchacho de Saint Paul había triunfado. Le esperaban Nueva York, su ciudad literaria, y más allá, París y la Riviera francesa.

El chico de Saint Paul empezaba a ocupar su dinámico, difícil lugar en el mundo. Su talento le había arrancado de la periferia histórica. Sin embargo, nunca abandonó de veras su tierra natal.

El crítico francés Michel Mort anota: "en el fondo de la obra de Fitzgerald está el problema del mal, concebido por una conciencia de joven católico provinciano".

Se debe añadir que esa visión parroquial era el núcleo ideológico -no sólo temático- del escritor. Era enamorado perpetuo de la riqueza y del poder.

Su sentido de las conveniencias sociales era parecido a la fiebre, altamente sensible, tanto para el reconocimiento como para los desdenes. Sobre todo, nunca dejó de ser el chico romántico en perenne búsqueda del amor adecuadamente romántico.

Sus personajes pagan tales ambiciones con hondas crisis religiosas o emocionales. A veces con el deterioro moral y la muerte. Cierto: son temas de rutina humana, lugares comunes. Pero ahí está la genialidad de Fitzgerald, para elevar el tono y la forma.

Sus ficciones metamorfosean el desaliento en poéticos recordatorios. Los Bellos y los Malditos danzan su mejor vals al rozar el borde del abismo, incubados en una luz otoñal que les hace intangibles.

Sólo Fitzgerald podía saber que les movía el recuerdo de tiempos felices, donde la promesa del éxito hacía incluso resplandecer los paisajes nocturnos. Sólo él y sus fantasmas de Saint Paul.



Continuará



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