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Domingo, 12 de junio de 2011
LA PATRIA, Cultural El Duende
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EL MUSICO QUE LLEVAMOS DENTRO

La sinfonía y su perennidad


Las grandes creaciones humanas, la ciencia, la religión, la filosofía, el arte, son hechos colectivos. Al pensar en arquitectura, no se descartará la Gran Muralla china, las Pirámides, el Taj Mahal, las catedrales románicas y góticas, ciertos castillos, palacios, rascacielos, teatros, puentes… Sin embargo, al momento de valorar las artes, nunca se comparará la música con los monumentos arquitectónicos. ¿Por qué? Porque son los escritores puestos en críticos que juzgan el arte, y aunque no siempre son justos, sobre todo no son músicos. Por excepción, Henri Amiel, Charles Du Bos, Thomas Mann, Aldous Huxley se considerarían árbitros de todas las artes.

Si hubiera que proponer un equivalente sonoro de las otras artes dentro la historia musical, antes que la ópera (combinación de teatro, literatura, sonido y a veces arte visual) destacará la sinfonía. La orquesta sinfónica es la gran creación de la cultura occidental, la única comparable a las culturas orientales, resultado de siglos de elaboración espiritual, mental y técnica, máxima contribución europea a la belleza acústica.

La sinfonía se equipara al drama o la tragedia, la comedia, la novela, el cuento, el paisaje, el retrato, el edificio. De estas especies hay ejemplos sublimes. Ha de comprenderse, sin embargo, que una novela mediocre no invalida al género, ni una mala sinfonía desmerece a las demás. En todo caso, Beethoven puede ser equiparado a Cervantes o a Leonardo sólo mediante la creación sinfónica.

Se ha dicho que la música comienza donde terminan las palabras. Una sinfonía nos lleva al punto por distinto camino que un poema, un drama, una catedral. ¿Le faltan palabras? Mejor. Las ausencias son presencias hondamente sentidas. La sinfonía rechaza el condimento literario y más aún el pictórico. Beethoven cuida de señalar en su "Pastoral": Es más que una expresión de sentimientos, más que una pintura sonora. Richard Strauss intenta describir casi fotográficamente algunos sucesos en Las travesuras de Till Eulenspiegel. Sin embargo, el fin último de la música es suscitar y sugerir, no pintar ni narrar, aún si va unida a un texto o al argumento de una acción teatral. La escena de "Un baile" en la Sinfonía fantástica de Berlioz no grafica el cuadro, pero nos lleva a sentirnos en él.

Cuidemos de suponer que la sinfonía es planta que ya no crece en esta época sacudida por la imagen y la tecnología. Ocurre como en todas las artes: expandida una forma predilecta, los artistas encuentran cada vez más difícil decir algo nuevo. Pero aunque lleve otros nombres: poema, suite, obertura, piezas en serie o bocetos sinfónicos, tiene el mismo propósito y requiere máximo esfuerzo creador. Así lo confirman Shönberg, Debussy, Richard Strauss o Webern.

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